El músico sevillano, líder de la banda Sr. Chinarro, tiene un pie en Sevilla y otro en Málaga. En una ciudad graba su disco número 16, en la otra escribe (mejor dicho, ahora corrige) su primera novela. Nadador entre dos orillas, , Antonio Luque da vigorosas brazadas de música, sarcasmo y poesía.
Karina Sainz Borgo/ Madrid
Antonio Luque pide un café con leche descafeinado. Lo hace porque el Señor Chinarro, la banda que lidera , debe subir al escenario en 45 minutos. “Si me tomo cualquier otra cosa me pondría hiperactivo”, dice mientras remueve el azúcar. Han transcurrido casi veinte años desde que este músico sevillano editara Pequeño Circo (1993) y más de diez desde El porqué de mis peinados (1997). Una propuesta musical indie, entonces mucho más oscura, fue aclarándose y transformándose. Luque quemó naves. Dejó su trabajo en una fábrica y se dedicó por completo a componer, tocar y escribir.
Quienes saben de música dicen que su voz es imperfecta y única, los de peor humor escriben que en algunas canciones desafina. Quienes saben dicen de él muchas cosas. Que sus letras son costumbristas, irónicas, surrealistas, poéticas. Se le compara con Quevedo. Se habla de su descaro para mezclar el “lolailo” andaluz con el pop o la electrónica. Con Antonio Luque, el Sr. Chinarro, nadie escatima los adjetivos.
Y nadie dice que no sea todo eso y mucho más, pero en sus últimos tres discos, El fuego amigo (2005), El mundo según (2006) y Ronroneando (2008), hay algo y alguien que ocurre con el mecanismo inverso a los adjetivos. Alguien que sucede de a poco. Alguien que controla el oleaje de sus propias canciones. Alguien parecido a lo que tengo delante, una voz clara y profunda que a veces prefiere, como lo demuestra su reciente actividad literaria, el papel a la música.
En el año 2009, presentó su libro de relatos Socorrismo, editado por Alpha Decay. Ha participado también en la antología Matar en Barcelona además su participación en El libro del vouyeur, una antología sobre 69 dibujos eróticos de Pablo Gallo, y las crónicas de su blog, tan hilarantes como a veces melancólicas: http://srchinarro.com/blog/. Actualmente –cuando la rotaflex y los perros se lo permiten- está entregado a terminar su novela, a la vez que graba entre Sevilla y Málaga su disco número 16.
-¿Cómo te llevas con tu alterego?
-Hace tiempo que el nombre me fastidia. Ya tengo barba y canas. Quiero que me traten de usted. El Señor Chinarro viene de cuando éramos chavales y ya se me ha quedado antiguo. Pero las marcas comerciales tienen un poder que no se puede desestimar de buenas a primeras. Me gustaría pensar que la publicación de Socorrismo y de la novela que estoy por acabar me ayude a utilizar mi nombre propio para las canciones que compongo, porque, al fin y al cabo, son la misma persona. Sigo usando Sr. Chinarro porque es una marca que la gente conoce, pero me gustaría dejarlo atrás.
-Musical, creativa y personalmente… ¿hay un Antonio Luque versus Sr. Chinarro?
-Paso la mayor parte de mi vida pensando en la novela y he dejado la faceta de compositor de canciones para los ratos libres, o para fogonazos. O directamente lo concentro para el tiempo de ensayos, cuando voy a Sevilla, y ya entre músicos, se me ocurren cosas. La mayoría del tiempo soy escritor, pero a la vez tengo que ensayar las canciones antiguas y sacar el disco nuevo, porque vivo de eso, de sacar discos nuevos, porque la gente lo que conoce de mí es eso. Y para que la bola siga, tengo que seguir componiendo.
Socorrismo. Ese libro de relatos parece el resultado de tus últimos tres discos. Tanto en El fuego amigo (2005), El mundo según (2006) y Ronroneando (2008), no se percibe a alguien a quien le urge cantar sino que quiere hacerse entender y eso ocurre en La Mina y Socorrismo, porque son historias donde no importa la acción, o la anécdota, lo que importa, es la narración. La esencia en ambas cosas, es contar ¿Dónde está ese puente entre música y literatura?
-Quizás al haberme esforzado en hacer letras cada vez más inteligibles haya tenido algo que ver con mi “vocación literaria”, quizás allí viese la posibilidad de escribir textos más largos. Escribir un relato, de la misma forma en que escribía canciones en los años noventa, hubiese tenido como resultado unos cuentos insoportables. Empecé a buscar formas de escribir y sí estoy de acuerdo con eso de que en los cuentos no importa tanto la anécdota, que en ellos eso es una excusa para verter mis movidas. Sí tengo claro que cuando uno lee un libro, las frases que a uno más le impactan de los libros. Uno no subraya Pepe mató a Juan. Eso es importante en la novela, claro, pero probablemente lo que subrayes sea el pensamiento de Pepe mientras mataba a Juan. Tanto en la vida real como en la literatura no es lo acción no es lo central.
-Es decir, ¿en verdad hay un quiebre a partir de El Fuego amigo?
-El salto de La Pena máxima (2000) al Fuego amigo no fue radical, quise ir haciéndome entender, porque quería vivir de la música, entre otras cosas porque o vivía de ella o lo tenía que dejar. Decidí hacerme entender, y tampoco fue tan malo. Gracias a esa voluntad de hacerme entender, puedo escribir textos más largos.
-Lo que no me queda claro es que las cosas no ocurren vertiginosamente. No te levantaste diciendo. “Me llamo Antonio Luque y quiero ser Hemingway”.
-No, no fue así. (Risas) Puedo contar cómo fue… Descubrí los fotologs y empecé a escribir mis movidas ahí. Me invitaron a participar en un periódico de Málaga, luego en un blog de la Fnac. Tras un concierto en Madrid dos editores se pusieron en contacto conmigo para hacer algo. Luego Alpha Decay insistió para que le mandara algo y le mandé esos dos cuentos que aparecen en Socorrismo. Los tenía en la papelera de reciclaje del ordenador, para mí son como maquetas. Pero todo empezó un poco así. Además… a mí llevan toda la vida diciéndome que porqué no me dedicaba a las letras, que eran lo mejor. Alguno que no me quería muy bien me decía “dedícate a escribir”.
-¿Qué le pasa a los personajes en esta novela?
-Es un chico de 19 años, que vive en un barrio humilde. En su casa hay una explosión de butano y se queda ciego. Su padre de muere, su madre desaparece. Tiene que comenzar a encarar la vida solo. Hay una parte musical. Porque hay un concurso de coplas que existe en la televisión andaluza y él se enamora de una de las `participantes, quizás por allí se cuela un poco la música, pero no hay nada de guitarras eléctricas ni giras al uso. Es una trama muy compleja, en la que me empeño que todas las piezas encajen. Que sea un puzle que funcione. Como una maquinaria que funcione bien. No quiero que sobre ni un adjetivo.
-Parece que tu libro hará lo que tus discos. Tú no tienes reparo en apelar a la naturalidad, ¿no? Lo mismo usas flamenquillo en tus canciones sin sonrojarte, porque un indie en su sano juicio en aquel momento no lo hubiese hecho…
-Estoy haciendo una broma con el propio proceso de escribir. Jordi, mi productor musical, me decía: ¡por favor, que en tus novelas no haya un escritor. Porque están un poco pesaítos! Lo siento, pero hay uno. Lo justo para burlarse de tanto escritor que escribe sobre sí mismo.
-¿Qué papel juega la intuición en tu proceso creador? Tú eres músico y escritor de manera casi espontánea…
-Sí. Yo soy perito agrícola y si terminé en esto es porque es algo que no puedo contener (su compacto acento del Sur hace que el “contené” sea rotundo). Me sale solo y me di cuenta que mi madera para trabajar en otras cosas era tan inútil como útil para trabajar a en estas, porque es lo que me sale. Y si todo el mundo hiciera en la vida para lo que está capacitado estaríamos en el top ten de Europa.
Ver la otra cara de este entrevista en: No basta el Chinarro para el señor que toca esa guitarra





