
Unos definidos y marcados labios rojos, sobre un rostro medidamente blanco, sirven para iniciar el relato de esta película y casi el final de la misma. Una imagen sugerente que marca el camino entre un prometedor inicio (bajo el subterráneo londinense) y un decepcionante final (en las verdes praderas galesas).
En un momento de la pelícua, Dylan Thomas (Matthew Rhys) ante la pregunta de Vera Phillips (Keira Knightley) ¿por qué necesitas que todo el mundo te quiera?, él la responde, porque todos necesitamos ser queridos. Y es en ese caprichoso y magnético juego de atracción en el que se mueven los protagonistas a lo largo del film, donde los límites del amor poco a poco les van jugando malas pasadas, y en donde aquello que se quiere poseer nunca se logra tener en el momento adecuado. En el caso de Dylan Thomas porque el poder de sus palabras cargadas de lo que él entiende como gran fuerza poética trágica, se pierden en la ausencia de una postura comprometida ante los demás y ante sí mismo, lo que le convierten en un caprichoso niño mimado que vive a expensas de los demás en el más amplio sentido de la palabra.
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