Cada vez que alguien le pedía que explicara el significado de sus extraños dibujos, Adolf Wölfli enrollaba una hoja de papel y tocaba con ella un largo solo de trompeta a ritmo de polka o de mazurka. Que estaba loco nadie lo duda, sin embargo, al morir dejó junto a sus dibujos instrucciones precisas sobre cómo debían interpretarse musicalmente aquellas enigmáticas y psicóticas ensoñaciones sobre papel.
Adolf Wölfi nació en Bowil, en la región de Emmental del cantón suizo de Berna, el 29 febrero de 1864, siendo el menor de seis hermanos. Su infancia no fue fácil, a cargo de un padre alcohólico, el joven Adolf creció en la pobreza y fue víctima de abusos sexuales. Hacia 1890, tras romperse su relación con la mujer que amaba debido a su baja extracción social, se alista en el ejército durante un breve período de tiempo. Se cree que este episodio fue el detonante de su enfermedad mental.
Ese mismo año de 1890 es arrestado por abusos sexuales a dos niñas de 7 y 14 años de edad. Tras pasar dos años en la cárcel sale en libertad pero vive en el más absoluto aislamiento social, dando claras muestras de problemas mentales. En 1895 reincide en su delito con una niña de tres años y es entonces cuando se ordena una evaluación psiquiátrica, tras lo cual se le diagnostica como psicótico violento (hoy se le clasificaría como esquizofrénico) que padecía alucionaciones visuales y auditivas y se le envía al hospital psiquiátrico de Walthau, en Ber
na, donde se le mantiene (al menos al principio de su estancia) bajo un régimen de aislamiento total, dada su peligrosidad y agresividad. Adolf Wölfi nunca más volvería a ver el mundo exterior.
Desde 1908, y hasta su muerte en 1930, Wölfli se dedicó a viajar con la mente. Visitó lugares imaginados y reales y fue capaz de crear una compleja historia autonarrativa en la que se convertía en varios personajes relacionados consigo mismo y que se transformaban conforme el tiempo pasaba. A través de más de 25.000 páginas escritas y 1.600 dibujos Wölfli dividió su imaginaria historia en episodios, así Niño Adolf, Adolf, El Caballero Adolf, Emperador Adolf y San Adolf II completan una extraordinaria epopeya fruto de una mente indudablemente enferma y, para muchos, también iluminada, no por sus delitos evidentemente, sino por lo enigmático y complejo de su creación. Para Wölfli, sus pinturas podían sonar, de hecho en muchos dibujos hay partituras musicales mezcladas con todo tipo de cosas. Del mismo modo y a la inversa, la música que había en su cabeza Wölfi la transformaba en colores a través de sus dibujos.
Naturalmente, a día de hoy, nadie ha coseguido tocar una obra de Wölfli, llamado alguna vez “el Leonardo da Vinci de la inteligencia disociada”. El gran responsable de que conozcamos sus creaciones fue su psiquiatra, Walter Morgenthaler, que se convirtió en su primer coleccionista y en el impulsor de un museo con su obra en Berna, Suiza. En la web del museo que lleva su nombre es posible encontrar mucha más información sobre la vida y obra de este singular personaje tan perturbado como genial.






Una vez más has ampliado mi cultura con este personaje, del que no tenía noticia alguna. Y una vez más he disfrutado con esta forma tuya de narrar tan fabulosa. Tú también eres un genio en esto. Gracias.