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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for Enero, 2010

Una novísima y moderna sala (teñida de un difuminado color verde que le da nombre), y que muy oportunamente Juan Carlos Pérez de la Fuente en la presentación de la obra aprovechó para pedir ante las autoridades presentes, que se cambiara el nombre por el de Jardiel Poncela, daba cobijo el pasado domingo en su última representación, a un elenco de doce actores que linterna en mano, y de una forma tan sencilla como eficaz, se presentaban ante el público, dándonos pistas de que estábamos ante una nueva y arriesgada apuesta de este genial director teatral que derrama ansias y ganas de teatro por todos los poros de su piel.
De Angelina o el honor de un brigadier se pueden decir muchas cosas, casi todas buenas, y una de ellas, que es una magnífica ocasión para que se acerquen al teatro aquellos que no son asiduos a esta rama del arte con mayúculas. Obra en verso que pone de manifiesto el genio sin límites de un autor injustamente denostado durante mucho tiempo en su país, y que arranca en muchas ocasiones una carcajada sincera y sin esfuerzo, y en otras, deja notas mayúsculas de un ingenio y una gran altura a la hora de crear diálogos y situaciones como la del Brigadier cuando intenta hallar el tiempo adecuado del verbo corroer, lo que nos hacen ver, que estamos ante un gran dominador de la lengua y el lenguaje, aupándole a ser uno de los grandes de la comedia.
Juan Carlos Pérez de la Fuente, otra vez rompe los moldes prestablecidos en su concepción de lo que hoy debe ser una obra de teatro, y lo pone de manifiesto en primer lugar, no tanto en la elección de los actores como en la de los personajes que asigna a cada uno de ellos, pues algunos son muy populares para el gran público y nos los presenta en otros registros, lo que sin duda enriquece la obra. Del mismo modo, que en cuanto a la escenografía, recupera las telas pintadas y soluciones sencillas como la flexible tapia de cementario, y ese guiño al autor con sendos candelabros a cada lado del escenario.
En cuanto a la intepretación, a resaltar un magnífico Jacobo Dicenta, con un monólogo al inicio de la obra en el que compara a la mujer con la ceniza de su cigarro. Escena que nos coloca en antecendentes de este gran actor, que obtiene su réplica en el Brigadier (Chete Lera) muy convincente en su papel de marido y padre deshonrado.

Angelina nos sitúa en la España de 1880, a un paso del gran desastre del 98, pero los temas que trata son universales: el honor, el amor, la pasión, la infidelidad, las relaciones de matrimonio y las relaciones padre e hija.

En definitiva, una excelente obra de teatro magníficamente dirigida.
Las consecuencias de una educación basada en en el rigor extremo y la crueldad sin límites, nos traerá graves consecuencias en las generaciones futuras. Ese es el axioma del que parte Michael Haneke para situar la génesis del nazismo que representa su última película, La Cinta Blanca. Todo parte de una Alemania con profundas convicciones protestantes, y en donde el odio, la desconfianza, el resentimiento y el miedo a poder expresarse, configuran el peor de los escenarios posibles de los que partir para poder dar un rayo de esperanza a las próximas generaciones de un país que tendrán en sus manos el destino de su nación y del mundo.
El argumento de la película, se basa en una serie de accidentes y desgracias, en apariencia fortuitas, que trastocan la paz y tranquilidad de un pequeño pueblo del norte de Alemania en los años de 1913 y 1914, justo antes de que se iniciara la Primera Guerra Mundial. Todo empieza, cuando el doctor del pueblo se cae de su cabello y se fractura la clavícula como consecuencia de un cable de acero puesto entre dos árboles, un suceso del que nadie sabe nada. A partir de ahí, la voz en off del maestro del pueblo (Chistian Friedel) nos va narrando los acontecimientos que se suceden, pero no sólo eso, sino que su personaje representa a aquellas personas que son capaces de desarrollar argumentos racionales y que poseen la capacidad de amar dentro de una sociedad enferma. Lo que parece traslucir de una forma cristalina, el peligro de cualquier tipo de fanatismo, ya sea éste religioso o político.
No obstante, Haenke trata de poner una cierta distancia entre la historia que nos cuenta y su particular punto de vista, no sólo a traves de la voz en off del maestro, sino también con el empleo, una vez más en la Historia del cine moderno, del blanco y negro, lo que sin duda nos acerca más a la época en la que se desarrolla la película.
Por otro lado, el lenguaje fílmico empleado, enfrenta la blancura de las gamas cromáticas de los exteriores con sus grandes campos de trigo, con el oscuro interior de las viviendas sólo interrumpido por el color blanco de unas puertas que se abren y cierran y los rostros de los personajes a los que sigue la cámara. Asimismo, hay una preeminencia del primer plano, lo que da un gran protagonismo a las expresiones no verbales, tan importantes como los escuetos diálogos entre los protagonistas. Lo que en ocasiones nos proporciona una puesta en escena muy teatral y llena de una pulcritud no exente de un miedo soterrado.
En principio, el único pero a toda esta historia de dos horas y media de duración sea el final, donde el relato de los hechos en sí mismo no se cierra, tal vez, porque la historia de la humanidad en uno de sus períodos más oscuros se inició ahí, y no cabe sino dejar solo al espectador con su particular forma de cerrar esta historia, que entre otras cosas, representa la falta de inocencia en unos niños de tez blanca, pelo rubio y ojos azules que desde muy pronto interpretan y actúan de acuerdo con las normas en las que han sido educados.
Quizá, estemos ante una de las películas del año, que ya se ha llevado el Globo de Oro a la mejor película extranjera y que no ha hecho si no engordar los premios conseguidos en el 2009, como: la Palma de Oro de Cannes y el Galardón a la Mejor Película Europea del año. Recorrido que tal vez acabe con el Óscar a la Mejor Película Extranjera.

Casanova “revival”

[20 Enero 2010]

casanovaEn 1767 una lettre de cachet de Luis XV expulsaba de Francia al abate Giacomo Casanova (1725-1798). En casi toda Europa le había ocurrido lo mismo a aquel veneciano que ya se había convertido en la imagen tópica del libertino.

Pero esta vez era peor. Casanova había entrado en una edad en la que la Fortuna desprecia a los hombres. Tenía 42 años y la saturación de experiencias de una vida vertiginosa. Llevaba a sus espaldas la tristeza por la muerte de algunos amigos y protectores, la muerte reciente de su bella amiga Charlotte. Y solo le quedaban por visitar sin prohibiciones dos países excéntricos, España y Portugal.

Con ese equipaje de malos augurios y muertes recientes inicia el viaje y atraviesa en mulo los Pirineos. No había malos caminos. No había caminos. Las penosas comunicaciones de las que hablan otros viajeros de la Ilustración no le importan demasiado. Las asume como una prolongación de su decadencia, como una proyección de su desgracia.

Y pasa sus días madrileños con ilustrados de la corte de Carlos III, con libertinos ibéricos ajenos a todo refinamiento. Fue una víctima indirecta de aquel vergonzoso motín de Esquilache en el que unieron sus fuerzas (no era la primera vez y no sería la última) la delincuencia común y el clero.

Ha perdido el abate energía sexual y ya no le hacen demasiado caso las mujeres. Las conquistas son cada vez más escasas y penosas. Con amarga ironía reconoce Casanova que alguna mujer ha hecho en la cama lo que ha querido y él lo que ha podido. Así es que en España se dedica sobre todo a hacer informes reformistas, a pretender un cargo y a reunirse con librepensadores. La última (o la penúltima) aventura de un Casanova para el que el mundo no es ya más que un recuerdo en el que se confunden las luces y las sombras.

Como una obra maestra literaria, un relato que conmueve, exalta, divierte, inspira, solaza y excita tanto la lujuria como el raciocinio define Félix de Azúa la Historia de mi vida de Giacomo Casanova en el prólogo que ha escrito para la espléndida edición que publica Atalanta en su colección Memoria mundi con traducción y notas de Mauro Armiño. Hasta la edición alemana de 1960, sólo se publicó en versiones mutiladas y esta es la primera vez que se publica en versión íntegra en español, en dos volúmenes anotados y con un imprescindible índice de nombres y lugares.

Redactada en francés, su segunda lengua, en un francés oral y cercano, casi actual, la Histoire de ma vie, que convirtió a Casanova en uno de los autores más leídos del XVIII, dedica una parte sustantiva a ese viaje a España que lo llevó de Madrid a Valencia y luego a Barcelona para dar con sus ajetreados huesos en la cárcel de la Ciudadela.

Giacomo Casanova, el libertino ilustrado, el intelectual vitalista y masón encarcelado por el Santo Oficio veneciano, escapó de la cárcel en 1755 y recorrió las principales ciudades de Europa. De Venecia a París, de Praga a Dresde o Viena, introdujo la lotería en Francia, se relacionó con Rousseau, discutió con Voltaire y colaboró con Mozart. Fue un anti-Don Juan, como explica Félix de Azúa en el prólogo, frecuentó la alta sociedad, pero también a aventureros, depravados o marginales como él.

Violinista discreto y poeta ocasional, seminarista escéptico y militar a tiempo parcial, alquimista y espía, el Casanova que rememora su vida no tenía nada más que tiempo y memoria de las tabernas y las cárceles, de los palacios y los burdeles. Munich, Constantinopla, Barcelona o Madrid fueron algunas de las estaciones de paso de una vida errante y errática antes de quedarse como bibliotecario en el castillo del conde de Waldstein, en Bohemia. Allí escribió estas memorias a lo largo de siete años, entre 1791 y 1798, para recuperar lo que se había llevado el tiempo: Al acordarme de los placeres que he experimentado, los revivo y gozo con ellos por segunda vez, y me río de las penas que ya he sufrido y que ya no siento.Unas memorias que contienen una detallada descripción de la Europa anterior a la Revolución Francesa, además de la memoria personal de un hombre contradictorio y cínico, apasionado y racional, vitalista y autodestructivo a un tiempo. Como un clásico incómodo definió Ángel Crespo a aquel hombre múltiple y crucial para entender el siglo de las luces, que resume en Casanova sus propias contradicciones.

 

Aquel ser refinado y grosero, superficial y lúcido que no quiso ser nada ni nadie escribió estas memorias desde el fondo de la desolación, pero sin renunciar a la provocación ni al descaro como última venganza ante un mundo que ya no era el suyo.

He sido, durante toda mi vida, víctima de mis sentidos. Me he complacido en descarriarme – escribe en el prefacio. Y esa arrogancia con la que se ufana de sus aventuras está en las antípodas de la actitud confesional de Rousseau. No son estas las confesiones de un penitente arrepentido. Están escritas con la distancia satírica de quien ya no se reconoce sino como personaje que vive en el pasado y en la literatura.

Tras la lumbre apagada del conquistador, quedaba el rescoldo del recuerdo. Y a esa luz construye Casanova el simulacro de la realidad en la memoria, en un intento inútil de reavivar la llama en el siglo de las luces que se han ido apagando. Declaró que no le gustaban las novelas, pero esta narración de su vida, un relato que mezcla verdades y ficciones, es probablemente la mejor novela del siglo XVIII.

Giacomo Casanova.
Historia de mi vida.
Traducción y notas de Mauro Armiño.
Prólogo de Félix de Azúa.
Atalanta. Memoria mundi. Gerona, 2009.

Después de nueve años de silencio, vuelve al panorama musical español Ella Baila Sola o como ahora se han dado en denominar EBS, siglas que conforman el nuevo dúo formado por Marta Botía (antigua componente del grupo) y Rocío Pavón la nueva integrante de la formación, y que según manifiesta ella misma, fan incondicional del grupo desde sus inicios. Un encuentro fortuito en la red a traves de MySpace, donde Rocío tenía colgadas algunas de sus canciones, hicieron que Marta se fijara en ella a la hora de recuperar el proyecto EBS. Fruto de todo ello, es su nuevo CD Despierta, que ya salió a la venta en el pasado mes de octubre y que ha traído consigo el inicio desde hace unos días de su gira 2010, que las llevará a presentar este trabajo por todo el suelo patrio, y que recalará en Madrid, el próximo martes 19 de enero en el Teatro Bellas Artes a eso de las 20,30 a un precio de 8 € (para el resto de fechas consultar http://www.ebs-blog.com/).

Despierta lo forman once canciones compuestas a partes iguales por Marta y Rocío (cinco cada una de ellas) más una adicional que corre a cargo de su productor Gonzalo Benavides. Esta vuelta al trabajo de EBS se caracteriza por recuperar el sonido pop de antaño, aunque con los nuevos matices que aporta Rocío tanto a nivel compositivo como vocal, y donde las letras una vez más, hablan sobtre lo cotidiano con ligeros toques de ironía y humor.

El disco se abre con el tema Baldosas, alegre tema con toques country, que yo calificaría como de country latino o hispano, que tiene reminiscencias del sonido anterior, pero que cumple a la perfección con su misión de abrir boca. La gran sorpresa de este trabajo sin embargo viene con el segundo tema Sentir, una canción pop (a medio tempo) que posee una melodía de esas que se quedan en nuestra cabeza nada más oírla, y que sin duda, una vez ya hecho su correspondiente videoclip, va a ser uno de los grandes temas de este trabjo.

Tampoco faltan en Despierta canciones en calve de bosanova como Tequila, o una ranchera con el título de Como un Narco. No obstane, EBS alcanza sus mejores cotas musicales con aquellos temas más rápidos, como por ejemplo, el que cierra el disco: Confianza.

¡Bienvenidas EBS!

Cuando ayer me enteré de la noticia del fallecimiento del director de cine francés por los medios en internet, mi primer recuerdo fue el de un joven que hace ya muchos años iba a ver películas al cine Alphaville en Madrid. Allí vi, entre otras muchas, Cuento de Invierno en el lejano año de 1992, de ahí, que tenga un vago recuerdo de la película y del cine de Rohmer. No obstante, de entre los cajones desordenados de mi memoria extraje la imagen de aquellas fichas técnicas y sinopsis que leíamos antes del inicio de la proyección de la película, sutil y maravillosamente acompañadas por una espléndida selección de música de sala, que en el caso de Cuento de Invierno fue Jacques Dutronc: Grandes Éxitos.

Mi primer contacto con su forma de entender el cine de este maestro de la Nouvelle Vage fue anterior, con 4 Aventuras de Reinette y Mirabelle en el año 1988, último film de su ciclo de Comedias y Proverbios, y que posteriormente completé con Pauline en la playa en una sesión de madrugada de la 2 de Televisión Española.

Este cineasta del azar meditado, y que como él mismo expresó: “paradójicamente, en mis películas todo es fortuito… menos el azar”, para mí, fue el director de la luz, con esos largos planos secuencias en plena naturaleza (playas, bosques, parques) un escenario idóneo para los largos y nada inocentes diálogos de sus personajes. En concreto, en Cuento en Invierno, la protagonista Félice conoce a Charles durante el verano y ya no vuelve a verle por una mala pasada del azar, a pesar de que nueve meses después nacerá una hija de ambos. La foto y el recuerdo de Charles persigue a Félice durante toda su vida y en cada hombre buscará una y otra vez aquella dulce aventura de verano (paradójicamente en un cuento de invierno) hasta que de nuevo el azar le hace encontrarse con su amado en un autobús del extrarradio acompañado por otra mujer, lo que le provoca la necesidad de huir de esa imagen real que en nada se parece a la imagen imaginada por ella durante tanto tiempo. Como nos dice Laurence Giavarini en la sinopsis de la película que hizo para Cahiers Du Cienma en febrero de 1992: “Félice está predestinada a la felicidad, pero sólo en la medida en que ya la ha vivido. La felicidad sólo advendrá porque ya ha tenido lugar”, lo que nos sitúa en otra de las características del cine de Rohmer donde según sus propias palabras: “yo no digo cosas en mis películas, yo sólo muestro”.

Esa capacidad de mostrar y no decir, deja un gran margen de libertad al espectador para extraer sus propias conjeturas de las grandes dosis de moralidad que fluyen por las películas del cineasta francés, que entre sus objetivos, siempre tuvo un claro acento intelectual en todos sus trabajos.

¡Hasta siempre, Rohmer!

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