Mi primer contacto con su forma de entender el cine de este maestro de la Nouvelle Vage fue anterior, con 4 Aventuras de Reinette y Mirabelle en el año 1988, último film de su ciclo de Comedias y Proverbios, y que posteriormente completé con Pauline en la playa en una sesión de madrugada de la 2 de Televisión Española.
Este cineasta del azar meditado, y que como él mismo expresó: “paradójicamente, en mis películas todo es fortuito… menos el azar”, para mí, fue el director de la luz, con esos largos planos secuencias en plena naturaleza (playas, bosques, parques) un escenario idóneo para los largos y nada inocentes diálogos de sus personajes. En concreto, en Cuento en Invierno, la protagonista Félice conoce a Charles durante el verano y ya no vuelve a verle por una mala pasada del azar, a pesar de que nueve meses después nacerá una hija de ambos. La foto y el recuerdo de Charles persigue a Félice durante toda su vida y en cada hombre buscará una y otra vez aquella dulce aventura de verano (paradójicamente en un cuento de invierno) hasta que de nuevo el azar le hace encontrarse con su amado en un autobús del extrarradio acompañado por otra mujer, lo que le provoca la necesidad de huir de esa imagen real que en nada se parece a la imagen imaginada por ella durante tanto tiempo. Como nos dice Laurence Giavarini en la sinopsis de la película que hizo para Cahiers Du Cienma en febrero de 1992: “Félice está predestinada a la felicidad, pero sólo en la medida en que ya la ha vivido. La felicidad sólo advendrá porque ya ha tenido lugar”, lo que nos sitúa en otra de las características del cine de Rohmer donde según sus propias palabras: “yo no digo cosas en mis películas, yo sólo muestro”.
Esa capacidad de mostrar y no decir, deja un gran margen de libertad al espectador para extraer sus propias conjeturas de las grandes dosis de moralidad que fluyen por las películas del cineasta francés, que entre sus objetivos, siempre tuvo un claro acento intelectual en todos sus trabajos.
¡Hasta siempre, Rohmer!






