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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Recientemente acabo de leer Kafka en la orilla, de Murakami. La verdad es que el libro me llegó como regalo de Papá Noel en 2007, pero las absurdas e inalcanzables metas que nos planteamos en la vida, me han tenido apartado de casi todo lo que para mí merece la pena. Véase: la literatura, la escritura, el cine, el teatro, la música pop… 
El protagonista (un chico de quince años) en algún sentido me recordó al niño de El guardián entre el centeno (quizá tenga algo que ver que Murakami hay traducido al japonés esa novela). Entre otras muchas cosas Kafka… trata de la certeza del destino predeterminado, ante el que la fuerza humana nada puede hacer (algo parecido a lo que ocurre en la novela El Malentendido, de Albert Camus) y ese destino se superpone a las historias y aventuras de los personajes de la novela. Esa casualidad determinista que dirige nuestras vidas, y que a veces intentamos cambiar sin éxito (¿todo está escrito?).
Murakami es un autor que emplea muchas referencias occidentales, lo que le ha servido para ser considerado el escritor japonés más occidental de nuestro tiempo. Algo nada casual si pensamos que ha traducido al japonés a autores como Carver, Fitzgerald o Salinger (gustos literarios que comparto plenamente), pero además, sus novelas también contienen música pop, (¿a qué me suena esto?).
Volviendo a la novela, Kafka… se inicia con la escapada de un niño de quince años de la casa de su padre, y que sin saberlo todavía, recreará la tragedia clásica de Edipo. Por otro lado, el nombre del protagonista: Kafka Tamura, le sirve a Murakami como homenaje al escritor checo y la habilidad de dotar a los gatos para hablar con uno de los personajes se asemeja al universo opresivo de su Metamorfosis. Debo admitir que el final de la novela me decepcionó un poco por la solución que el autor nos propone al universo fantástico que a medida que avanza la historia se apodera de la trama. Con ello no quiero decir que sea una mala obra literaria, todo lo contrario. Sin ir más lejos, las metáforas que construye en la misma, aparte de extrañas (quizá para una mente occidental), son sencillamente geniales e impactantes, que por ejemplo, mi mente sería incapaz de crear. Esa forma de mirar al entorno tan sumamente original es lo que nos hace distintos.
Por otro lado, y bajo mi punto de vista, Murakami si se asemeja a otros autores japoneses en su recreación de la sensualidad en las relaciones de sus personajes, todo es armonioso aunque no frágil, sincero pero no vulgar. En este sentido, Mishima (el otro autor japonés al que he leído hace muchísimo tiempo) trata el amor con una pureza extrema en su novela Caballos desbocados, pero no por ello menos sensual, atrayente e intensa.
En definitiva, esta novela de Murakami es una excelente muestra de un universo propio, inquietante y atractivo a la vez, que como la buena literatura nos hace querer conocer más obras de su autor.

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