El insigne pensador, filósofo y ensayista José Ortega y Gasset confesaba en sus círculos más íntimos que, pese a su ingente cantidad de ensayos, sus meditaciones del Quijote y su preocupación por las masas y las artes, nunca había sido más que un periodista. Quien confesaba sin rubor esto bien conocía la variedad del soporte periodístico como único, y vital, difusor de ideas y balcón de pensamientos. Curiosamente, cuando el ejercicio del periodismo se desprecia vilmente por la preeminencia insultante de lo audiovisual, quedan en las páginas diarias rostros conocidos que se resisten a desmantelar el romanticismo de las rotativas ante la irrupción aséptica de la deshumanizada sociedad de Internet; resistentes plumas amparadas en la trinchera del artículo de a diario, conservadas en alcohol y tinta. El ejercicio del articulismo, como género literario, navega en la indefinible línea que separa la literatura y el periodismo.
Quienes lo ejercen, las más veces movidos por la necesidad económica y las menos por el puro placer de inmiscuirse en la vida política y social de un país, campean entredos territorios de la prosa que siempre han convivido en estrecha relación yprofunda crisis de identidad.
Con el tiempo, el articulismo ha ido adquiriendo unas características propias de urgencia, lucidez y mala leche, las mismas virtudes que según confiesa Francisco Umbral, tal y como le reveló José María de Cossío, ha de poseer todo articulista que se precie. Con este espíritu la ejemplar editorial Cátedra, vigía de nuestros clásicos, ha optado con acierto eneditar El Artículo literario en la prensa: 1975-005, demostrando que el buen ejercicio del periodismo en los rotativos no tiene por qué estar reñido con la brillante literatura. Recopila el volumen de Cátedra los mejores artículos que han jalonado las páginas de los diarios desde el año 75 hasta ayer mismo, y los mejores articulistas que han relatado sus pareceres sobre esta sociedad nuestra que en un cuarto de siglo ha cambiado tanto que, como decía Guerra, ya no la reconoce ni su madre. A medida que leemos los artículos, ordenados por autor, comprobamos cómo los valores críticos del periodismo literario no han cambiado, cómo España ha ido variando en sus gustos y costum- bres, y la España castiza se ha transformado en unvivero de tendencias culturales que estos escritores de prensa supieron entrever.
Entre las páginas de esta cuidada edición de Cátedra sobresalen prodigiosas obras literarias en miniatura; efímeras narraciones que ilustran las intrahistorias personales que acaecieron en la asonada del 23-F como en “Mi 23 de febrero de 1981″ de Antonio Gala, o en “Tal día como hoy” de Quim Monzó.
También el problema de España, de resonancias noventayochistas, tiene cabida en este libro que flirtea entre la intemporalidad de la columna “umbraliana” y el documento histórico de momentos puntuales a la manera de Pérez-Reverte.
En el artículo “España”, Francisco Umbral, cuando era el Umbral ya estilísticamente desaparecido, da la clave sobre la esencia de este país y afirma que “España, todo lo recortada que ustedes quieran, somos aquí los españoles, también de izquierdas (…)” porque “decir Estado Español (…) es, aparte de cursi, una manera de dejar España a la derechota nacionalista, paleoespañola y con latifundios sentimentales y de los otros”. El libro lo completan artículos que en su bre-
vedad suponen lecciones morales de escritores que, ajenos a la práctica política, captan en unas pocas frases las soluciones a cuantos problemas nos acechan.
Porque el Parnaso atrae a las plumas, pero vivir del presente, a algunos escritores, les procura brillantemente el sustento.



