
Ilustración del propio autor
“La única forma de escapar de una tentación es dejarse arrastrar por ella”, así de rotundo (y de perverso) se mostraba Lord Henry con Dorian, en El retrato de Dorian Gray, una de las obras maestras de Oscar Wilde. Viene esto a colación (acaso traída por los pelos) del moderno y políticamente correcto cacareo generado en los “medios” en torno al denominado cambio climático y las políticas sostenibles.
Fabio Rivas Univ.de Sevilla
Sin embargo, por lo que parece, el cambio climático no es un hecho nuevo, sino que hace tiempo que se estableció entre nosotros con la firme intención de continuar avanzando, sin que, por lo demás, no siempre pongamos mucho de nuestra parte para detenerlo. En este sentido, conceptos como “crecimiento sostenible” –acuñado con la pretensión de fomentar políticas que, de alguna manera, subsanen el castigo que le infligimos a la esfera terrestre, y también, puestos a ser honestos, para excusar y legitimar nuestras actuaciones (pasadas, presentes y futuras), no todas claramente favorecedoras de ese crecimiento sostenible-, han llegado a ser nuestra mejor coraza (a modo de espejo cóncavo-convexo que distorsiona la realidad), pues lo cierto es que, lejos de adoptar una actitud crítica, activa (y activadora) ante este panorama, nos alineamos con cierta facilidad en la consecución de unas supuestas vías de “crecimiento sostenible”, no exentas –todo lo contrario, claro está- de potencial de lucimiento.
En efecto, es bien sabido que en los momentos de crisis se agiliza la mente humana y que esa búsqueda de lucimiento y reconocimiento, efecto de una manida, aunque comprensible, actitud narcisista, sólo es el reflejo de la fragilidad de la condición humana.
Así que, no hay mal que por bien no venga. Recordemos cómo tras el crack de 1929 llegó la Gran Depresión y con ella una filmografía de una calidad sin parangón, o cómo la pérdida de las últimas colonias españolas en 1898 propició ríos de tinta de manos de algunos de nuestros más ilustres escritores. Pero todo beneficio –conviene recordarlo- viene acompañado de un cierto número de sacrificios, ya sean forzados o, en ocasiones, consensuados –tal y como le aconteció a nuestro protagonista, Dorian Gray, que vendió su alma a cambio de la belleza eterna-. Lo cierto es que, aunque el cambio climático no sea el fruto de un acuerdo y, posiblemente (eso deseamos), sea un fenómeno reversible (quizá sólo un eslabón más de la cadena que conforma el ciclo histórico de la climatología), habrá “algo” que pagar por todo ese lucimiento arquitectónico, con el que los arquitectos pretendemos apuntalar el crecimiento sostenible.
En la novela reseñada al principio, pasaban los años y Dorian se mantenía joven y bello, aunque el joven londinense sufría con sus ojos lo que su cuerpo no experimentaba. Su condena fue observar, con el paso del tiempo, como su imagen en el retrato envejecía y como sus pecados manchaban de sangre el cuadro, mientras la primavera de su vida se hacía perenne. Si Dorian, al pactar con el diablo, fue el Fausto del s. XIX, nosotros lo hemos sido del s. XX. Hemos visto día a día las consecuencias de nuestras acciones en el entorno y nos hemos escudado; con sonrisas, puños arriba y un fajo de billetes en el bolsillo; tras nuestra nueva arquitectura “sostenible”, estilo que vende y agrada pero que se contrapone de forma demasiado radical a la única arquitectura que no daña el medioambiente: la que no existe. Es de suponer que, en este s. XXI, entre una y otra vía: la arquitectura “sostenible” y la “no-arquitectura”, seamos capaces de encontrar una tercera vía, sin olvidar que, mientras tanto, habrá que pagar el peaje de tanto lucimiento.
De cualquier forma, y a modo de consuelo: tampoco la arquitectura y los arquitectos vamos a tener la culpa ni el remedio de todos los males. Así que, más humildad, menos lucimiento y manos al tajo, si no queremos llegar a la conclusión de que el mundo es una causa perdida y nosotros tenemos la fortuna de ser sus víctimas.
Fabio Rivas Zorrilla






Genial. Enhorabuena …
!Enhorabuena Fabio! Esperemos que te animes a seguir escribiendo, tienes muchas cosas que decir y no lo haces nada mal.