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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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Archive for Mayo, 2009

Esta vez, corría peligro. Y lo sabía.

Los horarios, en aquella ocasión, no le eran favorables. Sus tres amigas de clase, que después del badminton, se hubieran ido con ella en el coche de la madre de una de estas, no habían podido asistir. En qué momento decidió ella ir a la actividad extraescolar, arriesgándose con ello a recorrer, sola, el camino desde la salida del colegio a la parada de autobús.

Llevaba un rato caminando, y el colegio “Sierra Blanca”, perteneciente a la Obra de Escrivá de Balaguer, quedaba ya un poco atrás. De nada servía la disciplina y la férrea actitud de sus maestras, si luego, al salir a la calle, una podía ser violada o secuestrada por “los salvajes”.

Por esos adolescentes lujuriosos que se escondían tras los matorrales y la deseaban, en secreto, y no tardarían en abalanzarse sobre ella a la mínima ocasión.

Restaba menos para la parada del autobús, y la sombra que se comenzaba a cernir sobre ella no debía ser sino la puesta de sol.

Se encontró al primero de frente.

Era un individuo de un metro y setenta centímetros, más o menos. Babeaba, como sus compañeros, que ya se acercaban desde lejos. Serían cuatro. O cinco. Iban a secuestrarla, a violarla como mínimo.

No quería hacerlo. Era su secreto, el consejo que su madre, enfermera aunque con derecho a la objeción de conciencia, le había confiado aquella noche tormentosa -¡utilízalo solo cuando sea necesario!-.

Ya la estaban tocando. Uno le tiraba de los pelos mientras el resto trataba de mirar por debajo de su uniforme escolar. El autobús no iba a llegar nunca.

Se armó de valor. La virginidad es una virtud, y perderla forzada sería, además de una deshonrra, un suicidio. No quería acabar como aquellas chicas desaparecidas, pertenecientes al mismo colegio que ella, incluso a su propia clase.

Cogió dos o tres del bolso, le sudaban y temblaban terriblemente las manos. Su rostro mostraba a una adolescente aterrorizada, que miraba, con temor, lo que tenía en la mano.

Le quemaban.

La primera píldora del día después golpeó a uno de los chicos salvajes en la cabeza. Inmediatamente, el muchacho fue encogiendo, hasta convertirse en un nasciturus, y desintegrarse.

El resto de los chicos no daba crédito a lo que ocurría.

La chica todavía tuvo tiempo de lanzar la otra pastilla mortal al que tenía más cerca. Las heridas que el hecho de cogerlas y sujetarlas le habían producido en la mano terminarían por cicatrizar, pero ya sangraban abundantemente.

Al ver desaparecer al segundo nasciturus, los dos chicos restantes corrieron, aterrorizados y propalando gritos que parecían venir desde el centro de la tierra. Uno de ellos moriría de miedo esa misma noche, y el otro no recuperaría nunca la cordura.

Más tranquila -no voy a vomitar-, pero cerca de un colapso, la joven púber avistó un taxi. Tenía, además, suficiente dinero, para este tipo de ocasiones. Trató de dar la mejor impresión al taxista, no quería preguntas.

Dieciocho minutos después, llegó a su casa. Solo su madre advirtió las manchas y la herida en la mano de su hija.

- No debiste ir sola, le espetó, preocupada.

Sus miradas se cruzaron, mostrando, al final, una pequeña sonrisa de ambas. El arma mortal había surtido efecto.

Era la hora de cenar.

Gastronomología al Sur

[21 Mayo 2009]

Ciertas noches de humedad portuaria e invernal, el centro de Málaga se tiñe de una escenografía tétrica que recuerda a postales góticas de ciudades centroeuropeas. Los faroles no iluminan las callejas del centro y la soledad se apodera del tramo de ciudad de más añeja historia. Para salvar la desertización que la vieja Europa sufre en sus centros urbanos, las calles de la Málaga antigua se han ido llenando de locales de nueva cocina que, con una decoración falsamente castiza, se hacen llamar tabernas de rancio abolengo gastronómico, con barriles de Moscatel en la puerta y todo. Colocan un cartel de toros en la entrada, y hacen creer a la tribu de rubicundos foráneos que el “typical spanish” puede conjugarse con las exigencias más severas de las guías de trotamundos.

Alguna vez escribí que en Málaga hemos perdido el norte de la tradición de los fogones; que con la homogeneización estúpida de la globalización, el arte de las conchas finas y las gambas se ha perdido en pos del `fast food´ -avanzadilla de una filosofía yanqui que ya nos cerca desde el epicentro mismo de nuestra identidad urbana-. Málaga la cantaora, en vísperas de perder Gibralfaro por los desmanes inmobiliarios, no puede renunciar a sus tabernas con “encanto” que ya han tomado el rumbo a la periferia o han cedido su señero local a un cajero bancario.

También, ante la invasión de la cocina sin espíritu, ante el tapeo burgués entendido como pan mojado en salsa de algo, los resistentes hosteleros envejecen con la dignidad de un caldo o un veterano reportero de TVE: las “campanas” sirven el marisco fresco y nos recuerdan con sorbos de Barbadillo que somos un pueblo marinero con ínfulas de azul villa en la `Côte Azur´. Resisten estos locales con la maestría y elegancia del abarrotado `Pimpi-La Florida´ del Palo, donde la copla de antaño convive con unos platos que se niegan a perder la “realidad nacional” de sus sabores.
En esta columna de hoy hablo de resistentes, de esta tribu del paleño Pimpi que se aferra al vino y la copla para rebelarse contra esta ministra de Sanidad que, con la querencia de un entrenador del Madrid, quiere poner disciplina en este vestuario de votantes.

Aunque la Inquisición “zapateril” de la ministra persiga el vino porque es de derechas, nosotros brindaremos con vino blanco y almejas y cantaremos una copla de la Piquer, “En tierra extraña”, que suena ya como una profecía en grabación de pizarra.

“El vino de nuestra tierra / bebimos en tierra extraña/ qué bien que sabe este vino / cuando se bebe lejos de España”.

malagueta-barreanaBarrena Díaz. Málaga, 1984. Pertenece a la nueva oleada de fotógrafos. A medio camino entre la poética y la realidad, entre la abstracción y el reportaje, transmite una estética propia y poderosa.

windowsatnight

Eran ya casi las doce cuando Tim llegó asustado a Inglewood y fue recogido por un agente. Venía corriendo desde Compton, huyendo de aquella masacre. Lo último que recordaba era el cuerpo ensangrentado de su padre y el profundo y amargo llanto de su destrozada madre. Timothy aunque era pequeño, de unos diez años, sabía de los asuntos de su padre, que debía dinero a ese negro al que todos respetaban y temían. Tenía la certeza de que algo así ocurriría, muy a su pesar, todos sus temores se hicieron realidad ese funesto día de febrero.

 

 Pablo Jurado Huéscar

Ilustración del propio autor

Ilustración del propio autor

“La única forma de escapar de una tentación es dejarse arrastrar por ella”, así de rotundo (y de perverso) se mostraba Lord Henry con Dorian, en El retrato de Dorian Gray, una de las obras maestras de Oscar Wilde. Viene esto a colación (acaso traída por los pelos) del moderno y políticamente correcto cacareo generado en los “medios” en torno al denominado cambio climático y las políticas sostenibles.

 

Fabio Rivas  Univ.de Sevilla

Sin embargo, por lo que parece, el cambio climático no es un hecho nuevo, sino que hace tiempo que se estableció entre nosotros con la firme intención de continuar avanzando, sin que, por lo demás, no siempre pongamos mucho de nuestra parte para detenerlo. En este sentido, conceptos como “crecimiento sostenible” –acuñado con la pretensión de fomentar políticas que, de alguna manera, subsanen el castigo que le infligimos a la esfera terrestre, y también, puestos a ser honestos, para excusar y legitimar nuestras actuaciones (pasadas, presentes y futuras), no todas claramente favorecedoras de ese crecimiento sostenible-, han llegado a ser nuestra mejor coraza (a modo de espejo cóncavo-convexo que distorsiona la realidad), pues lo cierto es que, lejos de adoptar una actitud crítica, activa (y activadora) ante este panorama, nos alineamos con cierta facilidad en la consecución de unas supuestas vías de “crecimiento sostenible”, no exentas –todo lo contrario, claro está- de potencial de lucimiento.

 

 

 

 

En efecto, es bien sabido que en los momentos de crisis se agiliza la mente humana y que esa búsqueda de lucimiento y reconocimiento, efecto de una manida, aunque comprensible, actitud narcisista, sólo es el reflejo de la fragilidad de la condición humana.

 

Así que, no hay mal que por bien no venga. Recordemos cómo tras el crack de 1929 llegó la Gran Depresión y con ella una filmografía de una calidad sin parangón, o cómo la pérdida de las últimas colonias españolas en 1898 propició ríos de tinta de manos de algunos de nuestros más ilustres escritores. Pero todo beneficio –conviene recordarlo- viene acompañado de un cierto número de sacrificios, ya sean forzados o, en ocasiones, consensuados –tal y como le aconteció a nuestro protagonista, Dorian Gray, que vendió su alma a cambio de la belleza eterna-. Lo cierto es que, aunque el cambio climático no sea el fruto de un acuerdo y, posiblemente (eso deseamos), sea un fenómeno reversible (quizá sólo un eslabón más de la cadena que conforma el ciclo histórico de la climatología), habrá “algo” que pagar por todo ese lucimiento arquitectónico, con el que los arquitectos pretendemos apuntalar el crecimiento sostenible.

 

En la novela reseñada al principio, pasaban los años y Dorian se mantenía joven y bello, aunque el joven londinense sufría con sus ojos lo que su cuerpo no experimentaba. Su condena fue observar, con el paso del tiempo, como su imagen en el retrato envejecía y como sus pecados manchaban de sangre el cuadro, mientras la primavera de su vida se hacía perenne. Si Dorian, al pactar con el diablo, fue el Fausto del s. XIX, nosotros lo hemos sido del s. XX. Hemos visto día a día las consecuencias de nuestras acciones en el entorno y nos hemos escudado; con sonrisas, puños arriba y un fajo de billetes en el bolsillo; tras nuestra nueva arquitectura “sostenible”, estilo que vende y agrada pero que se contrapone de forma demasiado radical a la única arquitectura que no daña el medioambiente: la que no existe. Es de suponer que, en este s. XXI, entre una y otra vía: la arquitectura “sostenible” y la “no-arquitectura”, seamos capaces de encontrar una tercera vía, sin olvidar que, mientras tanto, habrá que pagar el peaje de tanto lucimiento.

 

De cualquier forma, y a modo de consuelo: tampoco la arquitectura y los arquitectos vamos a tener la culpa ni el remedio de todos los males. Así que, más humildad, menos lucimiento y manos al tajo, si no queremos llegar a la conclusión de que el mundo es una causa perdida y nosotros tenemos la fortuna de ser sus víctimas.

 

Fabio Rivas Zorrilla

 

 

 

 

 

 

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