civiNova.com

La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
 Suscríbete: Rss 2.0  Rss  Atom

220px-John_Keats_by_William_HiltonODA A JOHN KEATS[1]

I

Mírame a través del tiempo, dulce amor,

despójate de tus fríos sudores.

Tiembla, sufre, ojalá tu alma solo se estremeciera por mí.

Implora un instante a mi lado, dulce amor,

acariciemos el rocío de la mañana hasta

yacer juntos y exhaustos por el olor de las flores.

Toca de nuevo tu arpa cual ruiseñor del bosque, y

enamórame como si fuera tu bella Eurídice.

Lira sin cuerdas, testigo de sus noches sin luna,

enséñame la senda donde se depositaron sus tormentos…

II

Ronroneo con fauces afiladas sobre el tiempo, dulce amor.

El destino sucumbe tras las raíces del sauce porque,

ya nadie acude a ti —con los pasos sincopados del AMOR—,

nadie quiere cobijarse del sol bajo tu sombra, y solo yaces.

Yo acudo allí cada tarde,

antes de que anochezca, con

lágrimas postreras hundidas entre las rendijas del bosque.

Y lloro. Lloro bajo la sombra de tus ramas.

Lloro sabiendo que a mí solo me cura tu mirada.

Lloro, dulce amor, yo que solo vivo para amarte.

III

Amor, hieres mis recuerdos mientras surges de entre las flores.

Amor, ¿dónde están tus suaves y poderosas manos?,

coge la parte de mi cuerpo que ya no sangra con ellas.

Disfrazado con los colores del bosque acude a mí y,

déjame posarme entre tus ramas y,

así, yo las adornaré, una a una, como si fueran los pálidos versos de tus poemas.

Dulce canto el del ruiseñor que busca la inmortalidad

en el cálido silencio de una tarde soleada.

Cántame, ruiseñor, con tu voz suave.

¿quieres, tú, señor ruiseñor? Leer más…

Todo lo que hay_300_CMYKMirar la vida a través de una ventana infinita que nos lleve más allá de lo que vemos, y observarla como si asistiéramos a un prodigioso travelling que sólo nos proporciona esos destellos en verdad importantes y necesarios para seguir viviendo —pues surgen en nuestra memoria acotados por los reflejos de la realidad—, es quizá, una de las mejores herramientas con las que cuenta la ficción para atraparnos en los entresijos de la otra vida, y eso es lo que hace James Salter en su última y magnífica novela, Todo lo que hay. Un rasgo que comparte con otra obra maestra de ese género que es narrar toda una existencia basándose sólo en lo esencial: la novela Stoner de John Williams, con la que además comparte que también está escrita poco antes de morir su autor. Además, Todo lo que hay, tiene la singularidad de combinar flashes y fotografías que, en no pocas ocasiones, se confunden con la ficción que nos proporcionan la imaginación y los sueños, para de ese modo, asistir a una suerte de partitura de las emociones por la que deambulamos a través de unos fuertes impulsos que nos transportan mucho más allá de lo que vemos…, porque tenemos que admitir, que existe un territorio propio más allá del que observamos a través de la ventana; un espacio gobernado por el desasosiego que, como un calendario alternativo a la realidad, juega con nuestros sentimientos igual que el aire lo hace con una cometa en lo más alto de la colina. En este sentido, hay una última y esencial necesidad de dibujar ese mapa íntimo de nuestras vidas cuando estamos llegando a su final, y como las mariposas se van posando en cada flor antes de morir, los seres humanos necesitamos extraer ese último néctar de nuestra existencia a través de los recuerdos. Así, el sexo, el amor, las mujeres, el hogar…, y el paso del tiempo son los verdaderos protagonistas de James Salter en su última novela, Todo lo que hay, y nos los muestra con esa precisión de quien sabe lo que cuenta, y lo que quizá sea más importante, de lo que quiere contar.

En una novela no demasiado extensa, el escritor norteamericano, sin embargo, es capaz de sintetizar tres décadas de la vida de su protagonista, el editor Philip Bowman, y de la historia de los EE.UU., en un ejercicio literario y metaliterario magistral, por lo que tiene de esencial su manejo de la elipsis, pues a través de ella, proporciona a esta historia la plenitud de las grandes gestas, ésas que perdurarán a lo largo del tiempo, porque por sí solas, son capaces de abarcar en negro sobre blanco la esencia de las vidas de aquellos que salen retratados en la misma. Lejos, muy lejos, de rebuscados misterios y tramas plagadas de trampas de cara a hacer más atractivas las historias al lector, Salter se centra en lo que en verdad importa: características inherentes a la novela del siglo XIX y que la convirtieron en esencial en el siglo XX. La vida aparece aquí como la verdadera protagonista, sin otra necesidad de artilugio pseudo literario, porque quizá, no exista un mayor misterio que aquel que abarca la vida en sí misma.

Leer más…

745-2_presa_la_website«Como un barco impulsado por la negra tormenta va mi alma, no sé hacia adónde…», nos dice el padre del protagonista, Laurent Daguerne, casi al inicio de la novela, cuando hace referencia a unos versos de sus queridos poetas isabelinos. Ese barco impulsado por la negra tormenta no es otro que su propio hijo (Jean-Luc) que, ciego, sin rumbo y extraviado dentro de una sociedad que lo ha perdido todo y que marcha desesperada en busca de unos nuevos valores, se ofusca más si cabe en un falso juego de máscaras. Una salida que, en el caso del protagonista, éste sólo encuentra en el recóndito abismo que esconde la ambición. Némirovsky, poseída una vez más por el don de aquellos que conocen los entresijos del alma humana, de nuevo nos muestra ese doblez del ser humano que tanto nos molesta y que tanto nos cuesta enseñar y admitir. La pérdida de la vida en sí misma (al jugárnoslo todo a una sola carta), cobra un protagonismo exacerbado en La presa, y lo hace a través de la victoria de la osca ambición en detrimento del amor. Pocas cosas existen en el mundo que traspasen en verdad la barrera del tiempo como el amor, sin embargo, y por lo visto y vivido, los seres humanos hemos nacido para errar en el yunque de la sinrazón sin la posibilidad de la rectificación. La escritora ucraniana lo sabe, pues no en vano, va a sufrir en carne propia la barbarie del holocausto, esa sinrazón que borró de un soplo los contornos del alma humana, dejando a todo un mundo sin otra posibilidad que la resignación, la derrota y la muerte. A veces, escoger el camino equivocado nos produce la falsa felicidad de la vacuidad más endeble, porque el fogonazo del falso triunfalismo revestido de unos sordos fuegos artificiales (que enseguida se desvanecen en la oscuridad de la noche), nos apartan de la realidad. Y lo peor de todo no es eso, sino que tras ese ridículo destello ya no queda nada, salvo el vacío. Esa es la cara de una derrota a la que asistimos tarde, mal y nunca, pues es la ciega responsable de esa desesperación humana a la que mal llamamos felicidad, cuando en verdad deberíamos decir: codicia o traición, necedad o mentira, porque esa deformación del espíritu es la que nos seca el corazón. Así se comporta y en eso se transforma Jean-Luc, un joven francés que representa como nadie la caída de un Imperio y de la idea egocentrista de una nación. Un pueblo cuyos ciudadanos no creen en el amor es un pueblo condenado al fracaso, parece decirnos Némirovsky en una de las múltiples teorías que sobre el ser humano esboza en La presa, una nueva manifestación de su magisterio literario; un magisterio directo, conmovedor y deslumbrante como sólo lo puede llegar a ser la esencia de la poesía: «Llovía mansamente, y ese sonido del agua al caer en el agua era lo único que medía el tiempo. El anochecer de otoño era gélido y triste, pero allí dentro las paredes se habían impregnado del perfuma de Édith, y un calor dulce y pesado hacía languidecer el cuerpo y el alma… El tiempo se había detenido. Una puerta golpeó suavemente al cerrarse; una voz de mujer, seguida por una risa ahogada, atravesó las paredes. Luego se hizo el silencio.»

Leer más…

jane-bowlesAl principio había barro, y el sonido de la respiración,

Y nadie sabía dónde estábamos.

Cuando lo averiguamos, era demasiado tarde.

Nada puede ocurrir ya salvo como ha de ocurrir.

Y además, estaba solo y no importaba.

Sólo porque entonces nada podía importar.

***

Creíamos que había otros caminos.

La oscuridad quedaba fuera.

Nosotros no somos eso, decíamos. No está en nosotros (…)

***

Hubo un tiempo en que la vida era más alegre.

Bebíamos aún el agua del lago,

El cubo salía fresco

y fragante con el olor a agua profunda.

La canción se oía en todas partes aquel año, un absurdo estribillo:

Parece tanto tiempo, y no lo es.

Parecen tantos años,

y tal vez sea uno.

Cuando los árboles estaban allí me preocupaba que estuvieran allí,

y ahora han desaparecido.

Para salir tomamos la senda que rodea el pantano.

Cuando emprendimos el viaje de regreso la marea había subido.

Había otro camino pero quedaba muy arriba y era difícil llegar.

Así que esperamos aquí, y todo sigue igual.

***

Había muchas cosas que quería decirte

antes de que te fueras, y ya nunca te las diré.

Aunque el sol inunda la terraza

formando las mismas sombras en los mismos sitios,

sólo lo veo yo, sólo yo oigo el viento

y es demasiado fuerte.

El mundo hierve de palabras. Perdóname…

Poema, Casi nada, de Paul Bowles.

ciclo-autores-abulenses-novFanny Keats (hermana pequeña del poeta romántico inglés John Keats) vino a España en agosto de 1833, tras la muerte de Fernando VII. Llegó desde Londres vía Francia junto a su marido, el vallisoletano Valentín Llanos y dos de sus hijos. En la frontera, por culpa de una forma institucionalizada de bandolerismo, se «incautan» de su equipaje. Se sabe, por una carta de Fanny a su amiga, la Srta. Brawne que, entre las pertenencias sustraídas, estaban las primeras ediciones de los libros de su hermano, con dedicatorias de su puño y letra. Afortunadamente, las cartas que le había escrito John cuando ella era adolescente, las llevaba escondidas en su bolso de mano —uno de aquellos indispensables que las señoras victorianas solían portar consigo—, y por suerte se salvaron del atropello.

Esta es sólo la primera de las muchas anécdotas acaecidas en la vida de la familia Llanos Keats y que tienen a España como denominador común. Si Fanny Keats llevó una vida discreta dedicada a la familia, su marido, Valentín de Llanos, fue protagonista de algunos sucesos que podríamos denominar como de relevantes dentro de la Historia de España. Así, en 1835 Valentín de Llanos fue nombrado Secretario Particular del Primer Ministro español, Juan Álvarez Mendizábal, a quien había conocido en Londres, hasta que fue cesado en 1836. Durante unos meses estuvo al frente del periódico El Liberal y fue Diputado por Valladolid de las Cortes Constituyentes de 1836 a 1837, para más tarde ser nombrado Regidor del Ayuntamiento de Madrid tras los sucesos de septiembre de 1840 que acabaron con la abdicación de María Cristina. Nueve meses más tarde renuncia a su cargo y es nombrado Cónsul de España en Gibraltar hasta 1845, año en el que falleció su padre. Posteriormente fue nombrado Director de los Canales de Castilla. En esa época, Valentín Llanos había abandonado la política y vivía en Madrid con los suyos, bajo el fuerte sentido de familia que tenían los Llanos y la concordia que reinaba entre todos ellos. Fanny y Valentín se ocuparon con esmero de la educación de sus hijos, a quienes dejaron seguir la profesión que ellos mismos eligieron. Así, Juan se hizo pintor y a él se deben varios retratos de la familia. Luis entró en el Servicio Diplomático, se casó, vivió en Roma y luego en Colombia, donde falleció sin descendencia. Rosa estudió música (ella y Juan se quedaron solteros). Isabel se casó con el ingeniero de Caminos —de ascendencia alemana—, Leopoldo Brockmann.

Y de esa rama, es de la que proceden los descendientes abulenses de Keats. Tomando como punto de partida al Dr. Ernesto Paradinas y Brockmann que, además de ser un eminente médico estomatólogo de la ciudad de Ávila, mantuvo vivo el interés por la figura y la obra de su antepasado inglés, el poeta John Keats que, a pesar de que en febrero de 1821 muriera prácticamente solo y olvidado en la ciudad de Roma, ahora ocupa un lugar destacado en las letras inglesas junto a Lord Byron o Shakespeare. En este sentido, no sólo se le rinde el respeto debido en su tierra natal, pues como queda reflejado en el periódico ABC de 6 de junio de 1952, el doctor Ernesto Paradinas fue al homenaje que se le hizo al poeta en Londres. Tal y como se recoge en la nota de prensa publicada por el periódico: «Mañana llegará a Londres en el avión de Iberia un médico de Ávila, el doctor don Ernesto Paradinas… con motivo de la inauguración al público de la casa de Keats, en Hampstead, al noroeste de Londres, convertida en museo. Cartas, manuscritos, medallones, su mesa, sus plumas, sus muebles, sus libros. Muchos de estos recuerdos llegaron a España, a donde se trasladó la hermana del poeta, Fanny Keats, casada con un español. De esta rama viene D. Ernesto Paradinas Brockmann, médico de Ávila, que en la ceremonia de apertura representará como único descendiente de los Keats a John Keats, becqueriano antes de Bécquer, cuya sangre ha pasado a Castilla y cuyo nombre queda grabado como uno de los grandes poetas ingleses en la tremenda melancolía de Inglaterra».

Leer más…

Sobre civiNova

Revista digital, red social, creación y
hosting de webs culturales.
ISSN 1989 - 5658
Contacto: redaccion (arroba) civinova.com

Twitter