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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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vivian_maier_street_photographerVivian Maier, la anónima fotógrafa de la calle, realizó más del cien mil fotografías a lo largo de su vida; FOTOGRAFÍAS que jamás enseñó a nadie. Esa íntima necesidad de la ausencia colectiva, la ensalzan, sin ella quererlo ni saberlo, a los altares de aquellos que hacen de sus pasiones la forma oculta de seguir viviendo. Ese doble plano entre vida pública y vida privada, entre sueño y deseo, ficción y realidad, revierte en el caso de Maier en una suerte de instantáneas que recogen la vida, así, sin más. Vidas oscuras, vidas anónimas, vidas cortadas, a las que ella da luz y protagonismo. Los personajes de muchas de sus fotografías son el símbolo mayúsculo de esas voces sin voz que pueblan las calles de las grandes ciudades de todo el mundo, pero son, también, la transfiguración de un deseo, porque la cualidad del anonimato que tan bien representa Vivian Maier se difumina cuando se autorretrata o roba esos primeros planos a las personas que hace partícipes de su obsesión. Nada se resiste a su mirada, pues su objetivo deambula con soltura tanto por las mudas arquitecturas como por las poses de aquellos que han perdido el miedo a su cámara, acortando de esta manera la distancia de las historias de la calle que tanto le gustaba fotografiar, pues si algo destaca de sus retratos, es la solemnidad que le proporciona a las clases más populares donde, de una forma inteligente, nos provoca admiración, al saber apreciar la belleza de una simple mirada; mirada que, por cierto, nos narra una vida.

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99-x-99-microrrelatos-a-medida_jpgLa mirada del escritor, como la vida en sí misma, es una concatenación de actos y reflejos, en los que en unos y en otros nos vemos y nos reflejamos. Ese conjunto de miradas y destellos son los que componen cada uno de nuestros universos que, en ocasiones, pueden ser lánguidos y aburridos, pero en otros, cortos e intensos. Tan cortos e intensos como si todo se redujera a estar atentos a esos candentes fogonazos de vida que no son sino los fogonazos distraídos que de vez en vez emite el alma, esa parte invisible que nos dirige y nos nutre en el día a día. Miguel Ángel Molina López ha elegido esa última versión de la vida y la escritura para presentarnos en 99×99 (Microrrelatos a medida) esos candentes fogonazos del alma que, como escritor, sabe extraer de aquello que ve, condensándolo en minúsculas partes de vida o en pequeños detalles llenos de esencia, verdades y mentiras, aciertos y errores que, en su conjunto, conforman un conglomerado de micro-instantes del mundo actual, pues si de algo se nutre el caleidoscópico universo literario de Molina es de la variedad de vidas que, en su faceta creativa, extrae del anonimato, dando de esa forma luz y protagonismo al otro al que como norma general ignoramos, de tan metidos como estamos en nuestros propios problemas. Esa capacidad de abordar al otro, Molina la desarrolla a través de muchos de los temas más universales de la literatura, véase: el amor, los sueños, la conquista de la ansiada libertad, la repetición de los mismos errores o la sempiterna lucha por liberarse de la parte oscura que cada uno de nosotros tenemos. Leer más…

image-e1465021139975Los latidos del corazón se resisten a mentirnos cada vez que aceleran su ritmo. Desbocados, nos conducen a esa pulsión en la que la vida se asemeja demasiado a una especie de penumbra, donde una vez que nos tropezamos con ella, no nos queda sino atravesarla. Esa sensación de incertidumbre que nos produce la indefinición es muy parecida a la que nos somete el pasado, pues ir hacia él, es igual que atravesar esa penumbra a través de las puertas abiertas de la memoria que, en ocasiones, nos invitan a ese inesperado: pasen y vean. Sin embargo, afrontar el pasado también es hacerlo desde la memoria serena y caprichosa, esa que acoge a la metaficción literaria, donde realidad y deseo se dan la mano y se separan a conveniencia del narrador. En este sentido, Vicente Valero en su última novela, Las transiciones, nos propone regresar a los setenta y al nacimiento de la democracia en España desde la isla de Ibiza. Una especie de brexit a la española entre la adolescencia y la juventud, el pasado y el presente, la opresión y la libertad, donde de nuevo, se nos invita a vernos tal y como somos, por más que no nos guste. El gran acierto de Valero, una vez más, es fusionar como sólo lo sabe hacer él, los tiempos narrativos y memorísticos de una forma admirable y muy cercana a la técnica de la tensión de los relatos cortos —un servidor les invita a leer el relato que en su anterior entrega, El arte de la fuga, hizo sobre Hölderlin, pues es una pieza maestra del género, en la que el poder de ficción a la hora de recrear una huida es sencillamente maravilloso—. Del mismo modo, en este caso, el narrador juega con el lector y le invita a recorrer los territorios de la memoria de una forma, en apariencia caprichosa, pero que sin embargo no tiene nada de azarosa y sí de inteligente, si bien es verdad que esa portentosa y admirable forma de contarnos la historia que engendra Las transiciones sufre un cierto desgaste o bajón después de la muerte de Franco —si exceptuamos la parte en la que recrea el incidente de Don Alfonso con el caudillo, donde Valero de nuevo se luce como narrador—, quizá, porque a Valero le resulte más difícil sustraerse de aquello que nos narra, dando pie a que la frontera entre autor y personaje se difume demasiado.

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untitledHay mucho vacío en esa soledad que no encuentra ni respuestas ni salidas a todas las preguntas que somos capaces de formularnos, sobre todo, en nuestra juventud, cuando todavía no entendemos cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa desdicha del explorador insatisfecho, nos llevará a terrenos que nunca imaginamos y mucho menos que seríamos capaces de vivir. De ahí, que la duda que nos corroe como el más agresivo de los óxidos, sea la mejor compañera de viaje a la hora de reivindicar la lírica confusión de los anhelos juveniles que no entienden más que de grandes ideales teñidos de libertad. Quizá, la mayor abstracción a la que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, sea la de encontrar esa puerta a la que nos alude Thomas Wolfe en esta nouvelle sobre el sentimiento de soledad de un joven que necesita de respuestas más allá de las obvias pretensiones de aquellos que le rodean. Esa búsqueda de uno mismo, de las certezas que de cuando en cuando necesitamos para seguir avanzando, y de esa última e innata necesidad de recapitularnos con nuestro aciago destino, desembocan en la narrativa de Thomas Wolfe en un torrente descriptivo sin límites; un torrente descriptivo que nos arrasa y enamora a partes iguales. Poético, intenso, arrollador y, por encima de cualquier otro adjetivo, evocador, el estadounidense es capaz de hacernos sentir uno más en ese viaje en solitario a lo largo de la espesura de un hombre y de un país y que, a medida que avanza, demarca el devenir de nuestros días en un simpar juego de choque de trenes: realidad frente a deseo y, donde la arrebatadora fuerza narrativa del autor, deambula por sí misma a lo largo y ancho de la cultura estadounidense en la década de los años veinte e inicio de los treinta. Mientras Scott Fitzgerald secaba todas las botellas de champán en la metaliteraria era del jazz (hasta el crack del 29), y lo hacía sumergido en el mayor de los éxitos, Wolfe deambulaba perdido por la inmensidad de un país que, en su fuero interno, estaba condenado a revisitar los lugares más oscuros. Sólo hace falta leer ese párrafo final que cierra dos de los cuatro capítulos de este viaje a lo largo de la noche y de la vida, para darnos cuenta de la hondura y de las últimas intenciones de este joven escritor que el destino quiso que muriera de tuberculosis con apenas 38 años, y sin haber explorado su verdadero potencial como escritor: «Aquél fue un momento de los tiempos oscuros, aquél fue uno de los rostros oscuros en un extraño tiempo hecho de un millón de rostros oscuros. Y éste que viene es otro».

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Encadenarse a la libertad como expresión última de la vida, pero no a una libertad cualquiera, sino a aquella que sólo se alcanza con la muerte…, esa fue desgraciadamente, la trágica exaltación de la libertad que persiguió a una buena parte de los más álgidos representantes del movimiento romántico inglés (Byron, Shelley, Keats…) y, que en Remando al viento de Gonzalo Suárez está magníficamente retratada, porque en esta película deliberadamente literaria, la concepción estética que se nos propone alcanza inexpugnables y mágicas cuotas de delirio narrativo y estético que, como en una poesía que sólo busca la belleza en sí misma, se funde en un itinerario de ensueño al que a veces le visita la muerte. En una época donde se inician las revoluciones liberales en Europa, y donde se tiende a romper con el absolutismo y recuperar los valores esenciales de la Revolución francesa de 1789, surge el Romanticismo como movimiento que intenta recuperar la prioridad de los sentimientos y la exaltación plena de la libertad y la belleza. Esa ruptura y esa exaltación, así como, esa necesidad de búsqueda, son el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos; límites, a los que Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Su postura, no obstante, no es temeraria, sino todo lo contrario, pues la podríamos resumir como una forma de estar y vivir ante una sociedad que todavía no estaba preparada a esa superlativa exaltación de la vida. En este sentido, los rasgos hedonistas o de auto contemplación de los poetas románticos, son sólo falsos reflejos de la belleza que sus sentimientos y su obra buscan en la verdadera naturaleza, porque como muy bien expresó John Keats en uno de sus poemas: “la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”.

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