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La ciudad de la cultura

ISSN 1989 - 5658
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fue-elEl arrebato como forma de ser y estar en el mundo tiene sus complicaciones, pues a pesar de que en la sociedad en la que vivimos, quizá, nada sea tan inútil como lo es la poesía (si tomamos a ésta como una de las expresiones de la pasión —en este caso literaria— llevada al infinito), no es menos cierto que todo aquello que sobrepasa ciertos límites, acaba volviéndose en contra de uno mismo. En este sentido, y sólo por poner tres ejemplos: el amor se convierte en egoísmo, la egolatría en tiranía y la amistad en tormento. Así, el gran Stefan Zweig, en esta nouvelle o relato corto titulado, ¿Fue él?, nos despliega (en apenas setenta y cuatro páginas), todas las armas que un buen escritor debe poseer acerca de su conocimiento sobre el comportamiento de los seres humanos y las consecuencias que sus actos, en apariencia inofensivos, pueden tener sobre sus vidas. En esta especie de tesis que el escritor austriaco nos propone sobre las pasiones desaforadas que no conocen límite, asistimos, bajo su prodigiosa batuta literaria, a una sonata que mezcla la belleza del paisaje con la bondad tamizada por la edad madura, y a la cordura que el silencio lleva asociado en ocasiones con el pernicioso comportamiento (por excesivo) del cariño y sus múltiples manifestaciones. Con todo ello, Zweig nos propone un tource de force sobre las consecuencias de ese cariño desmedido antes mencionado, y lo hace apoyándose en las reglas básicas de la dosificación de la información que nos va llevando, poco a poco, a lo largo del relato, a imaginar ese lugar cercano a Bath y a su canal de Kenneth-Avon, e incluso, a aceptar, los profundos pensamientos de Ponto: un perro. Un perro, sí, que a medida que va avanzando la historia, se convierte en el verdadero protagonista de esta amalgama de empatía y celos.

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300px-Almada_Negreiros,_Retrato_de_Fernando_Pessoa,_1964Pocas imágenes se conocen del hombre que se paseaba por Lisboa sin pisar sus charcos;  un Pessoa que, a buen seguro, no llegó a imaginar que sería retratado por su amigo Almada Negrerios, o que su figura, tan característica para los conocedores de su extensa obra literaria, sería esculpida en cerámica por una empresa gallega (Sargadelos).  Del mismo modo, que el escritor y poeta que quiso y luchó en su auto exilio por ser uno entre muchos o muchos en uno solo, no concebiría que, con el paso de los años, se convertiría en el símbolo de su nación, como si su figura, representara el mejor reclamo del alma de los portugueses y de esa gloria que siempre enfrenta al glorioso pasado con el decadente presente que gobierna los designios de su poemario Mensagem (Premio Antero de Quental en el año 1934) y que nos sumerge en la sempiterna melancolía de la saudade lusitana. En este sentido, Pessoa y su obra se manifiestan como aquello que no pudo llegar a ser, igual que si fueran ese último poema que nunca se llega a escribir, lo que nos remarca, una vez más, una vida que al igual que su obra, estuvo llena de paradojas, y sin duda, su iconografía más allá de su talento literario es una de ellas. Una presencia mediática que, sin embargo, comenzó mal, tras su fallido intento de ser el publicista más conocido de Portugal por haber creado el eslogan de la Coca-Cola, lo que no logró por su desacierto: «Primero se extraña. Después se entraña», rezaba su propuesta, sin duda, uno de los peores eslóganes publicitarios de la historia, lo que no nos resulta tan llamativo o extraño si nos alejamos de su obra. Sin embargo, ese ha sido el secreto de este portugués universal, que quiso serlo todo y saberlo todo en su vida. Una vida que se apagó a los 47 años por una cirrosis. Paradoja o no, el último poema que escribió treinta días antes de su muerte (acaecida en el hospital de San Luis de los Franceses de Lisboa el 30 de noviembre de 1935), se inicia así: «qué triste la noche sin luna», quizá, por eso, su amigo Almada Negreiros lo retrató para que su luz nunca se apagara, incluso para aquellos que nunca le han leído.

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catTodo es pequeño en el Bosco y su obra (su producción, las tablas de sus cuadros, sus personajes reales y sus figuras inventadas…), si exceptuamos la brillantez de su fantasía, pues ésta no conocía límites. Lo real y lo imaginario, lo posible y lo inaccesible se yuxtaponen en sus representaciones pictóricas de una forma nada casual, pues sus composiciones, al igual que una obra teatral, requieren de una estudiada puesta en escena que nos lleva en cada una de sus pinturas a visualizarlas como cuadros narrativos que nos van contando una historia: la del mundo y sus gentes; la de sus gentes y sus vicios y perversiones; la de la vida real y la de los sueños que se contraponen a ésta, como lo hacen a cada paso la virtud y el pecado, la dicha y la desgracia…, en una concatenación de simbolismos y pinceladas que nos advierten de que no hay posibilidad de encontrar un equilibrio en su punto de encuentro. En este sentido, el mensaje con el que el Bosco dota a sus cuadros nos es transmitido de una forma inteligente: a través de la luz y el color de sus creaciones. La luminosidad que proporciona a sus cuadros, en los que elige el pan de oro o los rojos fuertes sin descuidar su gama de azules (sólo por poner un ejemplo), son como destellos que nos advierten del peligro, pero también de la pasión y la pretenciosidad existente en el ser humano. Muchas son las interpretaciones y reinterpretaciones de sus pinturas, pues en ellas subyace la inteligencia de la mentira que nos proporciona su inagotable fantasía y su exuberante imaginación. Con ellas, nos proporciona un magnífico retrato de la época en la que vivió y de las costumbres religiosas y paganas de sus gentes, pues esa es otra de las características de su pintura: la observación y la plasmación de lo tangible a través de lo onírico, acentuándolo con sus grandes dotes como dibujante y el simbolismo presente en todas sus obras, lo que nos hace pensar en esa duda existencial por el más allá que subyace en su pintura. Una duda que tiene a la muerte como gran protagonista; un miedo, el de la muerte, que retrata y persigue la vida de las personas. El Bosco tampoco es ajeno a él, pues tras ese bello lazo de luz y color de muchos de sus cuadros se esconde ese otro mensaje desalentador de lo efímero de la vida y lo inútil que resulta caer en el pozo de los pecados, advirtiéndonos de que el verdadero camino es el de la virtud. Aunque más allá del mensaje religioso que protagonizan una buena parte de sus pinturas, hay que destacar en Jheronimus van Aken, más conocido en España por el Bosco, su perfil de hombre culto y amante de la literatura, pues ésta, se muestra siempre presente en los temas, tanto religiosos como alegóricos que imaginó y pintó.

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cafe_society-572459421-mmedA veces, no nos damos cuenta de la importancia que tiene mirar a la chica antes de que otro lo haga, porque de esa forma, somos los privilegiados testigos del brillo, único y mágico, de sus ojos; un brillo que, por sí solo, es capaz de que nos enamoremos de ella perdidamente para siempre. El resto hay que dejarlo al destino y a las encrucijadas del amor que viajan a lo largo de nuestra juventud igual que si todo fuera una corriente de un río que poco a poco nos va modelando la vida, el carácter y los recuerdos. Y es en ese río, donde se van depositando nuestros actos, en el que el cineasta neoyorquino ha reparado a la hora de regresar a ese recuerdo de su mejor cine. Ya no hay grandes cabriolas, pero sí pequeñas travesuras. Ya no hay nada nuevo, pero sí la constatación de un estilo, de un mensaje, de una postura ante el mundo. Y eso es Café Society, la perversión más tenue y simpática de un genio que se resiste a dejar de hacer cine; un cine que esta vez se agolpa en la sinrazón del amor bajo el ocaso de los recuerdos, porque esta vez, Woody Allen regresa a los años treinta para disfrazar su mirada (sobre el cine, la vida y el amor), con la inocencia necesaria para que la historia, mil veces contada, todavía nos haga creer en él como cineasta y contador de historias y, como no, mantenga intacto dentro de nosotros ese sempiterno sentimiento gobernado por Cupido.

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Lobo ibérico

Lobo ibérico. Fotografía: Antonio Pulido

Hablar sobre el lobo en el contexto ibérico es lanzarse de cabeza a la controversia. Pese al gran avance mostrado por la sociedad y administraciones públicas en materia de conservación de recursos naturales y valores de biodiversidad durante los cuarenta últimos años, el Canis lupus signatus sigue siendo la única especie emblemática que no posee un consenso general y del que no se tiene clara aún su necesidad de protección, incluso por parte de aquellos quienes tienen encomendada su gestión. Y junto con el zorro (Vulpes vulpes L.) son los únicos carnívoros predadores que no se encuentran protegidos plenamente en todo el territorio nacional. Sobradamente conocida es la historia legendaria y mitológica asociada a la especie así como la evolución del estatus legal que lo avala en la actualidad, por lo que solo cabe hacer una somera mención como antecedente.

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